Sabemos perfectamente que la temporada de muertos en nuestra capital tiene un aroma muy particular a cempasúchil, copal y pan recién horneado. Cada año las mesas mexicanas se convierten en el puente ideal hacia la memoria viva de quienes amamos. Las tardes otoñales en la ciudad nos regalan momentos luminosos para disfrutar de la buena cocina sin prisas ni formalidades innecesarias.
La vista hacia el Monumento a la Revolución marca un encuadre perfecto mientras el sol comienza a bajar lentamente sobre el horizonte urbano. Es justo en ese instante cuando la gastronomía nos invita a recordar con alegría a través de los aromas que emanan de la cocina.
Sabores de memoria y alta cocina
El talento del chef Alejandro Cuatepotzo se plasma con impecable precisión en cada uno de los tiempos pensados para esta celebración tradicional. Empezamos la tarde con un aperitivo que enciende los sentidos a base de ginebra mexicana, humo de copal y notas florales de cempasúchil. La atmósfera en el comedor se llena de matices cálidos que abren paso a una secuencia culinaria emotiva y bien estructurada.
El coctel de bienvenida funciona como una especie de portal sensorial que nos transporta a los altares familiares que conocemos desde pequeños. La mezcla de botánicos locales con el perfil ahumado del copal prepara el paladar para un viaje gastronómico lleno de matices profundos y honestos.
El ritual del primer tiempo
Llega a la mesa un vistoso dúo de crema de tomate y betabel servido al momento sobre ravioles de vegetales rellenos de requesón fresco. Este plato dialoga de forma fluida con la tradición hortícola y la frescura de los insumos locales seleccionados para la ocasión. La textura de la crema abraza cada bocado con delicadeza sin opacar la sutileza del relleno lácteo.
La armonía del plato encuentra su contraparte ideal en la cerveza artesanal Cirquera, una bebida fermentada con mosto de uva xarel-lo que aporta frescura y acidez equilibrada. La combinación resulta limpia en boca y resalta los matices terrosos del betabel con una ligereza sorprendente.


Cordero y chichilo en la mesa
El plato fuerte nos presenta una pierna de cordero rostizada a la perfección, cubierta con una costra crujiente de trigo y hierbabuena. Reposa sobre un profundo mole chichilo negro de origen oaxaqueño que destaca por sus notas tostadas y especiadas sin llegar a ser dulce. La complejidad de la salsa revela horas de trabajo meticuloso en los fogones de la cocina.
Acompañamos esta proteína con un mil hojas de calabaza de mantequilla con pera y tropezones de frutas en almíbar de jocote y ciruela. Toda esta fiesta de sabor marida en armonía con una copa de vino tinto Arango Reserva, un ensamble envejecido doce meses en barrica de roble.

Pan de muerto y final dulce
El cierre dulce de la tarde se viste de fiesta con una versión memorable del pan de muerto relleno de camote en tacha, tejocote y mezcla de quesos. La masa suave y perfumada contrasta con la cremosidad del relleno, recordando los postres caseros de nuestras abuelas durante estas fechas especiales.
Para brindar por el reencuentro con el recuerdo, cerramos el menú con una copa de vino espumoso brut elaborado con uvas macabeo y xarel-lo con dieciocho meses de crianza sobre lías. Sus burbujas finas limpian el paladar y dejan una grata sensación de calidez que perdura en la memoria.

Bitácora del sibarita viajero
El menú Eterno del chef Alejandro Cuatepotzo en Arango está disponible hasta el 8 de noviembre. El precio por persona para este menú de tres tiempos es de $850 pesos e incluye la bebida de bienvenida preparada con ginebra y copal. Si deseas la experiencia completa, la opción de maridaje tiene un costo adicional de $650 pesos. Recomendamos reservar con anticipación directamente en el sitio web del restaurante para asegurar mesa cerca de la terraza. Vivir esta propuesta gastronómica de temporada nos confirma que las tradiciones mexicanas siguen vivas cuando se cocinan con respeto y pasión.
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