A veces el hambre busca algo más que solo llenar el estómago. Buscamos un refugio donde el tiempo parece detenerse frente a un plato de barro caliente. La Hacienda de los Morales ofrece ese respiro necesario en medio del caos que define a nuestra capital actual. Cruzo el umbral de esta construcción histórica para probar una propuesta que promete honestidad y raíces profundas. Me recibe una atmósfera de calma donde la hospitalidad se siente como un abrazo de tiempos pasados.
Un encuentro entre dos visiones del sabor
La chef Lula Martín del Campo une su talento con el chef ejecutivo Benigno Fernández en esta cocina. Ambos comparten un respeto absoluto por el origen de cada ingrediente que llega a la mesa hoy. Esta colaboración nace de una afinidad natural por preservar la herencia gastronómica que nos da identidad nacional. El resultado es un menú de tres tiempos diseñado para recorrer la historia alimentaria de nuestro país. Cada bocado cuenta una narrativa sobre el territorio mexicano y la memoria colectiva de sus habitantes.
La propuesta estará disponible desde el 4 de mayo hasta finales de julio de este año 2026. Es una oportunidad para sentarse en un entorno histórico y disfrutar una cocina creada con mucho corazón. El espacio permite que la comida se desarrolle con una atención al detalle que pocos lugares conservan. Aquí el servicio es impecable y la arquitectura colonial enmarca perfectamente cada una de las creaciones presentadas. Es un sitio ideal para quienes valoran la conexión real con el origen de los sabores.
Primeros bocados con aroma a milpa ancestral
El inicio de la comida presenta un dilema delicioso entre dos opciones de primer tiempo muy distintas. Opto por los esquites mixtos artesanales que vienen acompañados por una mayonesa de chapulines con tono ocre. El maíz es el protagonista absoluto aquí por ser la base esencial de nuestra alimentación desde hace milenios. Esta preparación tiene raíces prehispánicas y refleja la relación histórica que tenemos con el grano tierno. Los insectos aportan un sabor terroso y una textura que remite a las cocinas del sur mexicano.
La segunda opción es una crema de chile ancho con pequeños camaroncitos que evocan los mercados costeros. El chile ancho aporta una profundidad aromática y notas dulces que han definido recetarios por muchas generaciones. Este ingrediente proviene del secado del chile poblano y es uno de los elementos más emblemáticos del país. La combinación entre el picor suave y el sabor del mar genera una armonía que resulta bastante reconfortante. Ambos platos demuestran un manejo técnico superior de los insumos básicos de nuestra rica despensa nacional.


Platos fuertes que definen el paisaje nacional
Llega el momento del plato fuerte y la elección se vuelve todavía más interesante para el comensal. El manchamanteles con róbalo es una interpretación de uno de los moles frutales más antiguos de México. Su salsa tiene un color rojizo intenso que nace de la mezcla entre chiles secos y frutas. Esta receta surge en las cocinas conventuales donde se fusionaron los ingredientes indígenas con los aportes europeos. El camote suma un matiz dulce que equilibra perfectamente la potencia de las especias en el plato.
La otra alternativa es un filete de res envuelto en nopal sobre una salsa de chile cascabel. El nopal es un símbolo gastronómico por su versatilidad y forma parte de nuestra dieta diaria ancestral. La salsa de chile cascabel ofrece un picor moderado y notas tostadas que respetan el sabor de la carne. Este plato pone en valor dos elementos fundamentales que definen visualmente el paisaje de nuestras tierras áridas. Es una preparación robusta que logra un equilibrio técnico entre la intensidad del fuego y la sutileza.


Dulces recuerdos que cierran la tarde
Para el final del recorrido aparece un pastel de horchata adornado con obleas de color blanco hueso. Este postre retoma sabores que habitan en la memoria colectiva de todos los que crecimos en México. La horchata es una bebida que adoptamos y reinterpretamos durante el periodo virreinal con arroz y canela. El uso de la vainilla le otorga una identidad propia dentro de la repostería tradicional de nuestro país. Las obleas aportan una textura crujiente y ligera que conecta directamente con la nostalgia de la infancia.
La chef Lula Martín del Campo confiesa que este lugar siempre ha sido especial para sus reuniones familiares. Ella describe la Hacienda como una casona que te hace sentir en casa desde el primer momento. Por ello esta colaboración tiene un significado personal muy profundo para su carrera y su propia historia. Es un homenaje a los recuerdos entrañables que se han cocinado entre estos muros durante tantas décadas. La experiencia invita a descubrir una cocina contemporánea que honra el pasado mientras mira hacia el presente.

Para asistir a este encuentro culinario es indispensable realizar una reservación previa con el equipo de la Hacienda. El restaurante se encuentra en una ubicación privilegiada en Juan Vázquez de Mella 525, Polanco. Cuenta con estacionamiento propio lo cual facilita enormemente la llegada en automóvil para todos los visitantes. Recomiendo llegar alrededor de las catorce horas para disfrutar la luz natural que entra por los ventanales.
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